Rapsodia Gourmet – Muriel Barbery

La primera novela de Muriel Barbery, conocida por La elegancia del erizo, deja un gusto extraño, lo cual puede leerse irónico si pensamos que el libro tiene por tema principal la comida. Barbery nos cuenta la historia de Pierre Arthens, un connotado crítico gastronómico que está ad portas de la muerte y no puede dejar de pensar en un sabor particular que durante su infancia le hizo feliz. Claro, lo que pasa es que no recuerda el sabor este, por lo que nos hace pasar por varias páginas donde distintos sabores y texturas de la más variopinta gama de alimentos es retratada con una pluma poética que, hay que reconocer, evolucionó para su segunda novela. Si nos detenemos en este punto, Barberry me aburre con su historia, y escribo el “me” antes de “aburre” para dejar en claro que esta no es más que una opinión personal. Lo que aplaudo es el buen uso de recursos literarios a lo largo de la historia, donde las imágenes y los sabores se escapan de las páginas y te invaden. Otro punto a favor de Barbery es la utilización de varias voces para narrar la historia, donde pueden superponerse unas con otras y finalmente el libro completo se transforma en nada más y nada menos que un instante narrado con majestuosidad, aunque reconozco que cuando el gato del crítico y una escultura de su posesión toman la palabra, el libro vuelve a fallarme, pero no por eso deja de ser un experimento interesante la lectura de esta primera novela de Barbery.

CITAS DEL LIBRO:

  • Ya nadie tenía hambre, pero eso es precisamente lo bueno con los dulces: solo se pueden apreciar en toda su sutileza cuando no se comen para saciar el hambre, y esa orgía de dulzura azucarada no colma una necesidad primaria sino que envuelve el paladar con la benevolencia del mundo.
  • ¿Qué es escribir, por muy suntuosas que sean las crónicas, si no dicen nada de la verdad, si poco se preocupan del corazón, presas como están del placer de brillar?
  • ¿Qué se ha de preferir realmente? ¿Conformarse uno con vivir su pobre vida sin importancia de homo sapiens, sin meta, sin aliciente, porque se es demasiado débil para luchar por un objetivo? ¿O bien, casi como si fuera un delito, gozar infinitamente de los éxtasis de otro que sí sabe lo que quiere, que ya ha empezado su cruzada y que, al tener un fin último, disfruta de la inmortalidad?
  • Quizá la encuentre él tibia, tímida, infantil; fuera de estos muros hay otras amantes, hay tigresas, gatas sensuales y panteras lúbricas con las que ruge de placer, en un desenfreno de gemidos, de gimnasia erótica, y cuando todo ello acaba, siente que ha reinventado el mundo, está henchido de orgullo, henchido de fe en su propia virilidad -pero ella, ella goza con un goce más profundo, un goce mudo; se entrega, se entrega del todo, recibe religiosamente, y en el silencio de las iglesias alcanza todo su apogeo, casi a escondidas, porque solo necesita eso: su presencia, sus besos. Es feliz.
  • Dios, es decir el placer bruto, sin concesiones, el que surge de lo más hondo de nosotros mismos, que solo tiene que ver con nuestro propio goce y a éste regresa; Dios, es decir esa región misteriosa de nuestra intimidad en la que nos pertenecemos por completo a nosotros mismos en el apoteosis de un deseo auténtico y de un placer puro.

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