Come Reza Ama – Elizabeth Gilbert

Necesitaba leer este libro una vez más para reflexionar sobre él aquí. Desde que me lo regalaron -cuando fue el boom relacionado con la película- lo he leído tres veces y no aburre. Para nada.


Come Reza Ama es de esos libros que ayudan a entender la vida. Muchos pueden creer que es lectura simplona, pero tiene una serie de ideas interesantes y eso es innegable. El libro, archiconocido a la fecha, relata la travesía de la propia autora por Italia, India e Indonesia en la búsqueda de si misma luego de vivir un tormentoso divorcio y una aún más turbulenta relación amorosa posterior. La autora decide visitar estos tres países durante un año, en los cuales buscará el placer, la espiritualidad y el equilibrio entre ambos.


Con esta premisa nos vamos de su mano en un viaje por cuatro meses por los hermosos parajes de Roma, Bologna, Venecia y Nápoles, donde Gilbert conoce particulares personajes que le ayudarán a sanar las heridas asociadas a su vida anterior y, mejor aún, a disfrutar de la vida como tan solo los italianos saben hacerlo. En la hermosa Italia es donde Elizabeth se enamora del lenguaje, de la comida, de la despreocupación y el “dejar ir”. Luego tomamos un avión con destino India para encerrarnos otros cuatro meses en el ashram de una gurú hindú, periodo en el cual aprendemos -y digo aprendemos para quienes no seamos entendidos en los temas religiosos- respecto a la meditación y el yoga, la armonía del ser y la necesidad de encontrarse a sí mismo en uno mismo. Aquí me detengo para agradecer a la autora por la claridad y simpleza con la que explica teorías religiosas que de otro modo, para los duros de mollera como yo, no nos entrarían en la cabeza. Finalizamos el viaje con cuatro hermosos meses en Bali, donde Gilbert decide pasar el tiempo con un curandero famoso quien, tiempo atrás, le ofreció darle a conocer sus enseñanzas. En Indonesia, Elizabeth aprende un tipo de meditación completamente distinta a la internalizada en India, compatibilizando ambas con deliciosas comidas, buena compañía y la aparición de Felipe, quien llega con más de una sorpresa para la autora.


La novela autobiográfica está estructurada en pequeños capítulos, siendo en total 108, como los abalorios de un japa mala tradicional, subdividiendo cada país en 36 historias ligadas a la temática del país en cuestión, lo que le da un je ne se quoi especial. La prosa de Gilbert es refrescante e irónica, con un ritmo intenso difícil de encontrar en este tipo de literatura y que te asegura una sonrisa por cada página que leas. Debo destacar la historia de la pequeña Tutti de Indonesia -y la reacción de la autora ante su realidad-, así como también las Instrucciones para la libertad, del fontanero/poeta de Nueva Zelanda ante los lamentos reiterativos de la autora sobre su antigua vida y, por supuesto, todo el popurrí de descripciones y tips sobre las diversas culturas vividas por Gilbert. Como punto en contra, a medida que avanzaba en la novela noté cierta soberbia por parte de la autora en determinadas frases, así como también varias generalizaciones sobre sus ideas, como si fuesen verdades universales, lo que choca con el encanto que provoca la lectura de su obra en general. A pesar de esto, Come Reza Ama es un libro muy interesante -y recalco el “muy”- sobre el crecimiento personal de una mujer en plena crisis, que a pesar de ser prescindible, no pasará desapercibido por quienes lo lean.


CITAS DEL LIBRO:



  • Dicho todo esto, lo que pienso hoy de Dios es muy sencillo. Pondré un ejemplo para explicarlo: yo tenía una perra fantástica. La había sacado de la perrera municipal. Era una mezcla de unas diez razas distintas, pero parecía haber heredado los mejores rasgos de todas ellas. Era de color marrón. Cuando la gente me preguntaba: «¿De qué raza es?», siempre les contestaba lo mismo: «Es una perra marrón». Asimismo, cuando me preguntan «¿Tú en qué Dios crees?», mi respuesta es sencilla: «Creo en un Dios grandioso».


  • El amor desesperado consiste en inventarse un personaje, exigir a la persona amada que lo represente y hundirnos en la miseria cuando se niega a convertirse en ese ser de ficción.


  • La adicción es típica en todas las historias de amor basadas en el encaprichamiento. Todo comienza cuando el objeto de tu adoración te da una dosis embriagadora y alucinógena de algo que jamás te habías atrevido a admitir que necesitabas —un cóctel tóxicosentimental, quizá, de un amor estrepitoso y un entusiasmo arrebatador—. Al poco tiempo empiezas a necesitar desesperadamente esa atención tan intensa con esa ansia obsesiva típica de un yonqui. Si no te dan la droga, tardas poco en enfermar, enloquecer y perder varios kilos (por no hablar del odio a quien que te ha fomentado la adicción, pero que ahora se niega a seguirte dando eso tan bueno, aunque sabes perfectamente que lo tiene escondido en algún sitio, maldita sea, porque antes te lo daba gratis). La fase siguiente es la de la escualidez y la temblequera en el rincón, sabiendo que venderías el alma o robarías a tus vecinos con tal de probar eso una sola vez más. Mientras tanto, a tu ser amado le repeles. Te mira como si no te conociera de nada, como si jamás te hubiera amado con una pasión fervorosa. Lo irónico del asunto es que no puedes echarle la culpa. Porque, vamos, mírate bien. Eres un asquito, un ser patético, casi irreconocible ante tus propios ojos. Pues ya está. Ya has llegado al destino final del amor caprichoso: la más absoluta y despiadada devaluación del propio ser.


  • Te han dado la vida y tienes la obligación (y el derecho, como ser humano que eres) de hallar la belleza de la vida por mínima que sea.


  • Todo lo demás tiene solución, pero el asunto del amor y el control nos saca lo peor, nos desquicia, nos lleva a la guerra y nos hace padecer enormes sufrimientos.


  • Tener fe equivale a decir: «Sí, acepto de antemano los términos del universo y acepto de antemano lo que ahora mismo soy incapaz de entender». Es lógico que exista lo que llamamos un «acto de fe», porque la decisión de aprobar la noción de la divinidad supone dar un salto gigantesco desde lo racional hacia lo desconocido y me da igual que los diligentes sabios de todas las religiones nos metan sus libros por los ojos para intentar demostrarnos con textos que su fe es racional, porque no lo es. Si la fe fuese racional, no sería fe.


  • Si realmente tuviéramos todas las respuestas en cuanto al significado de la vida y la naturaleza de Dios y el destino del alma, la religión no sería un acto de fe ni un valiente acto de humanidad; sería simplemente… una prudente póliza de seguros.


  • Rezar es relacionarse; la mitad de la tarea es mía. Si pretendo transformarme, pero no me tomo la molestia de explicar exactamente qué quiero conseguir, ¿cómo se me va a cumplir? La mitad del provecho de una oración está en la pregunta en sí, en el planteamiento de una intención claramente expuesta y bien pensada. Sin él tus ruegos y deseos serán endebles, quebradizos, inertes; formarán una fría bruma que se arremolinará en torno a ti, incapaz de despegarse.


  • ¿Cómo consiguen los supervivientes de una relación soportar el sufrimiento de un asunto inacabado? Desde aquel lugar dedicado a la meditación hallé la respuesta. Puedes acabar el asunto tú mismo, desde dentro de ti. No sólo es posible, sino que es esencial.


  • Y puedo plantearme llevar a cabo algo verdaderamente radical. ¿Qué tal si dejo de interrumpir a los demás cuando hablan? Porque puedo intentar darle una justificación creativa, pero la interpretación pura y dura es ésta: «Estoy convencida de que lo que yo digo es más importante que lo que dices tú». Y detrás de eso sólo hay una explicación posible: «Estoy convencida de que soy más importante que tú». Y eso no puede ser.


  • En 1954 el papa Pío XI, nada menos, envió una delegación del Vaticano a Libia con las siguientes instrucciones por escrito: «No vayáis convencidos de que vais a encontraros entre infieles. Los musulmanes también logran la salvación. Los caminos de Dios son insondables». ¿Y no tiene todo el sentido del mundo? ¿No será que el infinito es efectivamente… infinito? ¿Y si los santos, por muy santos que sean, sólo ven fragmentos sueltos del eterno devenir? Y si pudiéramos unir esos fragmentos y compararlos, ¿no nacería una historia de un Dios semejante a todos nosotros, una historia donde salgamos todos? ¿Y cada anhelo de trascendencia individual no forma parte de ese enorme anhelo místico inherente al ser humano? ¿No estamos en nuestro derecho de continuar nuestra búsqueda hasta acercarnos todo lo posible al origen del milagro?


  • Perder el equilibrio por el amor a veces es parte de una vida equilibrada.

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